Relato de un obsesión
Llega tarde, como siempre. Faltan solo cuarenta y cinco minutos para que su avión despegue y todavía debe pasar la seguridad y alcanzar la puerta de embarque. La línea no avanza. De vez en cuando, da golpecitos con la punta de su pie derecho en el suelo o alza la cabeza por encima de la gente. Intenta presionar con sendos gestos –sin ningún efecto– al policía que mira a todos como amigos íntimos de Bin Laden.
Por fin, consigue atravesar la máquina de seguridad, que pita tres veces antes de dejarle vía libre. Va cargada: de un hombro le cuelga la bolsa con el ordenador; del otro, el bolso con libros y, como siempre, lleva mil papeles entre los brazos, que se le van cayendo, y la obligan a detenerse cada diez metros; no quiere dejarse trozos de su personaje desperdigados por el suelo, aunque sabe que tendrá que apresurarse.
En su carrera por llegar a tiempo al despegue del avión, es ajena a todo, solo se preocupa de sus folios —el nuevo héroe de su novela está dentro de ellos— y de los carteles que le señalan el camino de su objetivo: puerta G3. Su aspecto despistado y sus gafas caídas en mitad de la nariz no pasan desapercibidas, a pesar del hormiguero de gente que es el aeropuerto. Se siente observada y eso la pone más nerviosa todavía, quisiera estar en casa terminando de perfilar su nuevo personaje.
Entre los carteles que la guían se cruza uno diferente que la distrae de sus pensamientos: Starbucks. «El mejor café del mundo se hace ahi», piensa. Y cae en la cuenta de que no ha desayunado. Analiza la situación. No hay nadie esperando, si la camarera es rápida, en cinco minutos puede tener su café entre las manos. Mira el reloj, le quedan veinte minutos antes de que el avión despegue. Es imposible resistirse:
—Un Caramel Macchiato con nata y caramelo, por favor, se escucha decir.
Y en cuanto tiene el vaso de café en la mano, comienza la carrera de nuevo.
En su huida, no ve a un joven que esta en mitad del camino y que espera su bebida. Lo atropella. Adiós a su ansiado café. Una enorme mancha de líquido marrón se desparrama por el suelo. Por suerte, no se le caen los papeles, tampoco mancha al desconocido.
—Lo siento, lo siento muchísimo, llego tarde a coger mi vuelo y no le vi.
—No importa, no se preocupe, —le responde el chico.
La disculpa no se alarga más, le apremia el miedo a perder el avión. Pero los ojos del chico se quedan enganchados en su pensamiento. «Bonito par de azules, sí, señor», piensa. «Pero… ¿no los he visto antes?» le asalta la duda.
No tiene tiempo para pensar, continúa por los pasillos del aeropuerto con el paso rápido y la vista pendiente de cualquier indicio que la lleve a su destino. Ve a lo lejos el cartel que indica que hay un aseo cerca y, como el perro de Pavlov que babea ante el sonido de una campana, ella necesita urgentemente hacer una paradita en el baño ante el anuncio que le hacen las luces de neón. Coloca como puede las dos bolsas en una pequeña percha que hay detrás de la puerta. Cuando no se cae una, se descuelga la otra, los papeles entre los dientes, no quiere perderlos por nada del mundo: «Cómo se me ha ocurrido entrar, se manchará algún folio… Esto es una misión imposible», se arrepiente en silencio.
Cuando, por fin, consigue llevar a cabo la tarea que la ha llevado hasta allí, sale casi volando del baño para seguir su ruta. Con las prisas, no ve al hombre que se cruza en su camino, y bolsas y papeles, al suelo de nuevo.
—Lo siento, lo siento mucho...
Al levantar la cabeza, se encuentra al mismo chico con el que chocó en la cafetería. Cruzan las miradas, él, además, le sonríe y la ayuda a recomponerse. Ella no puede evitar fijarse en sus labios. De repente, una ola de inexplicable deseo la invade. Apenas le da las gracias y sale en estampida, pero, esta vez, no sabe si apremiada por la prisa o por el rubor que pinta sus mejillas. Sabe que lo ha visto anteriormente en algún lugar, «pero, ¿dónde? —se pregunta— si parece de otro mundo».
Comienza a correr, de nuevo, con la duda que le ronda la mente. Cuando lleva unos metros alejada del chico, escucha gritos que le dicen: «Con un poco de suerte, vamos en el mismo vuelo y mi asiento está junto al tuyo».
Ella gira la cabeza y le sonríe, sin decir nada. «Si tuviera fe en el destino, creería que es posible», se dice. Continúa su camino, no sin antes comprobar que lleva todos los papeles.
Por fin, llega a la puerta G3. Están embarcando. Entra en el avión. Por suerte, el asiento que tiene junto al suyo está vacío puede, con total tranquilidad, dejar bolsos y folios. «¿Se me habrá perdido alguno?», le invade la duda. Se sienta, se abrocha el cinturón, echa la cabeza hacia atrás y respira hondo. Lo conseguí, llegué a tiempo.
—¡Vaya!, creo que nos unen los astros, —escucha decir al hombre, que parece perseguirla desde que entró en el aeropuerto.
Y de nuevo, esos ojos y esos labios que la seducen. Se siente torpe, toda su sangre está concentrada en la cara, busca en su mente las palabras adecuadas y no acierta a encontrarlas. Por fin, la lucidez, la suya, hace acto de presencia.
—Seré estúpida, soy escritora, tú eres mi personaje, no me puedo enamorar de ti.
Coge al señor apuesto por la solapa, lo besa lentamente y, antes de meterlo dentro de los papeles que dejó en el asiento contiguo, le susurra al oído para que el resto de pasajeros no la crean loca: «Si vuelves a salir de ahí, te borro del mapa».